20.10.07

fratricidio


La noche no trajo consigo novedades según el reporte del cabo Morales. Como a todo soldado nuevo, le había tocado la guardia nocturna del muro durante casi una semana. La del fuerte, era una de las zonas más tranquilas del país. Usualmente sólo acompañaban a su revista el monótono canto de los grillos, y de vez en cuando, el de las chicharras. Había fumado, eso sí, un paquete de cigarros completo. Sólo tuvo un sobresalto, cuando creyó ver entre la maleza los cuerpos de dos insurgentes en movimientos subversivos; pero resultó ser sólo un inocente juego de sombras a las que apuntaba nervioso con su fusil. Después de verificar la falsedad de la amenaza, pensó que era demasiado joven para morir. En realidad era demasiado joven para cualquier cosa: tenía quince años. Se enroló pensando en el sueldo; y a cambio, dejó la tranquila vida de su pueblo, donde todos le conocían y él conocía a casi todos. Especialmente a las chicas de su edad. A la lejanía, a penas audible, la música de la usual fiesta de los viernes salía borracha de las cantinas próximas al fuerte. Le recordaban su corta carrera de jaranero. Pero ya no era hora de recordar, sino de dormir las tres horas que le permitían su turno. Despertó al ruido de la corneta. Se levantó rápido y formó filas. El comandante, al que usualmente no veían, había llegado. Era un tipo de espaldas anchas, con un abdomen prominente y flácido cuyos excesos cubrían el cinturón que apenas resistía en la cintura. Su espeso bigote escondía tras de sí a la boca, y eso provocaba un efecto singular, pues cuando hablaba sólo se veía al bigote moverse de arriba a abajo. Nunca se le vio reír al Comandante. Se bajó del jeep; revisó a la tropa y luego empezó a apuntar con el dedo. Usted, usted, usted y usted, dijo, señalando al cabo Morales. Den un paso al frente y luego me acompañan. El comandante caminó hacia el hangar que servía como taller y allí les explicó a los soldados que habían sido escogidos para formar un pelotón de la muerte. Es decir, les asignó la ejecución de un infeliz, quien había dado muerte a su propio hermano de catorce machetazos. Es un maldito cobarde, dijo el comandante y escupió al suelo, cerca de las botas brillantes de Morales, quien casi pierde la compostura cuando supo que el hecho había tenido lugar en su pueblo. Debía conocer al fratricida. Esa tarde lo mandaron a la celda, a cuidar al reo. Efectivamente cuando ingresó, reconoció tras los barrotes y a pesar de los hematomas en la cara a Pedro, su amigo. Pedro también le reconoció y se paró como pudo a suplicarle ayuda. Pero Morales sabía que todo estaba consumado y su labor consistía en confirmárselo del modo más suave al condenado; sin sobresaltarse, sin denotar nervios, porque entonces el próximo muerto sería él. Pedro lo escuchó y se resignó. En vez de desmoronarse como cualquier otra persona Pedro le pidió un cigarro a Morales quien se lo proporcionó enseguida. Él también encendió uno. Mientras fumaban hablaron del pueblo y lo que había pasado en el último mes durante la ausencia del cabo. Fuera del mismo asesinato, no había pasado nada; pero no había otro tema de conversación que se le ocurriese a Morales para distraer a Pedro de su próximo fusilamiento. Luego sobrevino el silencio y duró hasta que relevaron al cabo en la guardia de la celda. Cuando salió, Morales resolvió hablar con el Comandante. Aquello era demasiado. El Comandante lo recibió mientras almorzaba. Tenía las manos untadas con la grasa del cerdo que comía y hablaba sin dejar de masticarlo. Parecía que no hubiese comido en décadas. Morales le explicó la situación. El Comandante una vez enterado de la misma, colocó la chuleta en el plato, y sin quitarle la vista a su comida, gruñó: soldado, no es nada que no se cure con una buena borrachera. Yo mismo mataría a mi hermano si sé que asesinó de esa manera. Vaya al almacén, diga que va de mi parte y que le entreguen una botella de licor. Se la toma y mañana a las seiscientas lo espero en el paredón frontal. Sin falta. Morales se retiró y tal como se lo habían ordenado fue hacia el almacén. Pidió la botella y luego se fue a la bartolina. Nadie lo amonestó por estar allí. Quizá su ausencia pasaba desapercibida. Sorbía a borbotones de la botella. Luego de media hora estaba completamente borracho. Pero aún así, cuando entró la noche, y con ella sus compañeros, no pudo dormir. En su mente, una sola imagen lo atormentaba: el fusil, Pedro vendados los ojos, el gatillo, la orden de fuego… Dieron las seis. Como pudo se puso incorporó y fue a formar fila. La mala alimentación, las escasas horas de sueño y el miedo lo habían convertido en una especie de ser inhabitado. Había dejado escapar en la madrugada su alma por la ventana y estaba listo para disparar. El Comandante se había ido esa misma noche. En su lugar, el sargento salió a dar el aviso: el fusilamiento se pospone por órdenes superiores. La vida retornó a su cuerpo y finalmente pudo cumplir sus órdenes cotidianas, es decir, resguardar el muro. Cuando se vio sólo, vomitó. Se limpió la boca con la manga de la camisa y encendió un cigarro. Mientras se lo fumaba, disfrutó de uno de los días más hermosos que había visto en su vida. Ya tenía un mes dentro del fuerte y nuevos soldados habían llegado por la tarde. Uno de ellos lo relevó en el turno de la noche y finalmente pudo ir a descansar. Se acostó a dormir y lo hizo profundamente. Soñó con el pueblo, sus fiestas, las novias, Pedro y Jacinto, hermanos felices, jugando con la bicicleta de Luisa, su preciosa Luisa, con el vestido de pliegues y los primeros zapatos de tacón. El sueño duró toda la noche. Y sólo terminó cuando al alba, el cabo Morales se despertó por el ensordecedor ruido de una ráfaga de fusiles.

5 comentarios:

J. dijo...

¡Hola!.
Me provocó un debate interno lo de Pedro, qué hacer elegir al amigo o lo correcto según "la ley"... En fin. ¡Saludos!.

manly dijo...

Jamás una muerte a manos de otra persona, tiene justificación alguna. Nadie tiene derecho a matar y mucho menos en nombre de la ley. Una muerte siempre es una muerte.

Julio Roberto Prado dijo...

Bienvenida J. La verdad es que yo tampoco estoy de acuerdo con la pena de muerte. Nada debe justificar tal barbarie. Sin embargo, en mi país existe y se aplica de maneras tan deshonrosas como pasar en televisión nacional y en tiempo real la ejecución con un pelotón de fusilamiento. Por ello, el relato se llama fratricidio.Lo cometió Pedro, y también el pelotón. En fin, mi cuento busca una discusión estética más que moral, te habrá gustado?
Manly, estoy de acuerdo.

Ana (...) dijo...

Tremendamente bien escrito, me dejaste sin palabras aunque no estoy segura de que al cambiar el "brazo ejecutor" después la culpa sea menos...

Julio Roberto Prado dijo...

No creo que la culpa se disipe por no haber sido él quien haya disparado. Le vio agonizar, sin permitirse hacer algo para cambiarlo. Yo en su lugar no sé qué hubiera hecho. Esta es una historia que mi abuelo me contó. Eso sí, deformada por mi imaginación.