9.10.07

bailar es también azuzar


Mientras las señoras se apuraban dispuestas a bloquear la calle para celebrar su fiesta, yo con dieciséis años encima estaba ansioso por participar, no de la devoción, no de los rezos, sino del festín de la comida a un precio católicamente caritativo. Había de todo en esa calle: música, ancianos con abrigos hediondos a naftalina, las vírgenes postizas de la iglesia, ebrios consuetudinarios y este servidor, entre otras almas perdidas. Y la mayoría de presentes parecían contentos, mientras comían elotes embarrados de mayonesa, salsa de tomate y mostaza, o bien, bailaban abrazados al son de la marimba que tocaba en el lugar, para enfrascar el frío de la noche. Pero el baile se interrumpió porque los músicos decidieron tomar un descanso para probar los platillos de las señoras de iglesia, que cocinaban divinamente, algunas. Para llenar el vacío musical, una enorme disco rodante, de esas que las quinceañeras añoran para sus fiestas, lanzó al aire varios éxitos de los ochenta a través de las bocinas enormes, en cuya manufactura era evidente la participación del dueño. Algunas muchachas empezaron a bailar con otros tipos muchísimo más afortunados que yo. La música invitaba al baile desenfrenado y endemoniadamente sensual. Pero no encontré pareja como siempre y me quedé mirándolos, en pleno cortejo bailable. De entre la gente, empujando a algunas madres que supervisaban que sus hijas no fueran objeto de tocamientos impropios, salió un tipo con una chaqueta de cuero al estilo Michael Jackson. Estaba olorosamente borracho. Empezó a bailar solo. A modo de enfatizar su presencia para luego anularlo en un cambio repentino, el discjockey pinchó Thriller, y ese pedazo de beodo, se disparó como en un ataque de convulsiones. La gente hizo un círculo a su alrededor y aplaudían riéndose algunos. La fiesta había empezado de verdad para mí y las señoras estaban disgustadas y encrespadas por la furia de aquél tipo, que daba vueltas en el piso sobre su espalda. A tal punto llegó su mortificación que de la nada salieron dos hombres, esposos de las vendedoras de elotes, me parece, que tomaron al cuba y se lo llevaron lejos de la improvisada pista de baile. Y las muchachas siguieron bailando con los mismos tipos; mientras yo, supe finalmente que aquél lugar no me pertenecía.

7 comentarios:

caborca dijo...

Mis respetos. Buena pluma. Por acá seguiré viniendo.

manly dijo...

Y ahora pregunto yo: ¿por qué no te pertenecía? Una situación, un lugar, la forman quienes están en él. A veces no nos integramos incluso nos negamos pero el hecho es que si ha sido real es porque entre todos lo hemos hecho así. ¿Quién es consciente en tiempo real del lugar al que realmente pertenece? Nada es fortuito, si estamos en una historia es porque debíamos estar y hemos estado en esa historia y de nada vale negarlo. Es un poco como decir "yo he matado a alguien pero no soy un asesino"
Bueno, así lo veo yo.

AilataN dijo...

Eso siempre me pasa. Voy bares, discos, peñas, bailes, carnavales, todos se divierten, rien, giran endemoniadamente en un frenesí sin fin, pero al final, siempre me siento fuera de lugar,desadaptada, me es tan dificil encontrar el lugar donde encajar, solamente lo vislumbre en los ojos de alguien que ahora vive a casi 10.000 km de mi.

Julio Roberto Prado dijo...

Bienvenidas Ailatan y Manly. En esencia mi idea es la de un desadaptado, y en ese sitio hubieron dos, este servidor y el bailarín. Físicamente estábamos allí ambos, pero creo que los dos también éramos seres eternamente en fuga. No se han topado con personas a las que cuando ves a los ojos, parece que se estuvieran siempre despidiendo? A veces el cuerpo es como un ancla que te encalla en lugares que no planeabas visitar. Y a veces, el papel que nos toca jugar es de testigos silenciosos de una fiesta ajena, a la que llegamos por azar.

manly dijo...

yo, es que no creo en el azar.
Saludos.

Ana (...) dijo...

Muy bueno. Hay una rumba por ahi, quizá de Peret será, que viene a decir algo así "usté no puede pasar, oiga, la fiesta no es para feos", pues eso.
Ellos y ellos.

Julio Roberto Prado dijo...

Gracias a tu comentario Ana y a un generoso programa P2P, he podido encontrar a ese buen señor que es Peret. Altamente recomendable, no lo había escuchado; no es del tipo que traen a América mucho menos a la Central.