14.10.07

clandestino


Dos toques en el cristal de mi auto me desembarazan de delirios; veo quién llama. Afuera, una llovizna necia humedece el asfalto, las casas, a los vendedores de periódicos e incluso al oficial de la policía de tránsito que está tocando nuevamente mi ventana con su bolígrafo amenazante. Es un día oscuro, con grises profundos que lo abarcan casi todo, incluso mi ánimo. Escucho Hoy Día Luna, Día Pena, de Manu Chao. Aparco el carro para recibir la multa, y mientras esto sucede, la memoria trabaja. Hace nueve años compré Clandestino, el disco que suena en el reproductor; y sin remedio, cada vez que lo escucho, me da por la tristeza. Y me paso las señales de alto, porque quiero llegar pronto a casa y esconderme bajo las cobijas. No puede ser, me repito, mientras el agente se sigue mojando afuera y habla, diagnostica, arenga: el artículo cientoochentaydos, bla,bla,bla, trescientos quetzales, bla,bla,bla, menos-de-tres-días=veinticinco por ciento de descuento ($!). Arranco el auto haciendo cuentas y me incorporo a las calles. Sigue sonando el disco… para nosotros la dignidad insurrecta, para nosotros el futuro negado, para nosotros nada…Esta ciudad está diseccionada por muros invisibles. Zonas residenciales por un lado y por el otro, la improvisación. Covachas de lámina que, en el mejor de los casos, tienen paredes fabricadas con ladrillos desnudos, cuyo único acercamiento al color son las pintas del spray que las maras han dejado, marcando territorio. Atravieso los muros sin permiso. Hoy día luna día pena, hoy me levanto sin razón, hoy me levanto y no llego a ninguna destinación, arriba la luna o-e-a!!!!. Tal parece que el diseño urbano de Guatemala —llámenle así sólo los más atrevidos no es más que una acción subrepticia de una mente cínica. Proliferan los pobres como los hongos en invierno y la lluvia evidencia sus carencias, se crecen. Me detengo en un semáforo, esta vez hago caso de la luz roja. Es un lugar transitado éste. La gente franquea los autos, es hora de salir del trabajo. Son cientos los que caminan, muchos después de diez u once horas laboradas para recibir un salario que sólo puede conducirte a la miseria. A corto plazo, por supuesto. Pero hablar de justicia en este país es sentarte a platicar con un bloque de cemento; y la mejor consecuencia que puedes esperar es un golpe en la cara, sino, lapidación. Sólo hay justicia para el pobre, acordamos con Armando, refiriéndonos a la condición económica de la mayoría de reos condenados. Trabajando para una organización dedicada a la justicia, una vez llegó hasta mí una señora que había caminado desde su casa, a unos dieciocho kilómetros, atravesando las mismísimas trincheras de Satanás. Le habían violado a su hija de nueve años. Sudaba a chorros, cuando le ofrecí agua. Luego de dos tragos y un suspiro enorme, me contó su historia, que es la historia de todo un género. Bienvenida a Tijuana, bienvenida mi amor, bienvenida a mi suerte, bienvenida a la muerte, por la panamericana… Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Una vez leí entre las noticias del diario, la hambruna en el oriente del país. Una mujer con una delgadez mórbida, sostenía con un brazo a su hijo, mientras con el otro revolvía una especie de sopa de hierbas que cocía en una lata de leche nido, dispuesta sobre un fogón. La entrevistaban y ella sorprendentemente respondió que no pertenecía al segmento de los “pobres”; no señor, ellos vivían más arriba, alejados en la montaña. El hambre viene, el hombre se va Ruta Babylon... por la carretera… la suerte viene la suerte se va por la frontera… Llego a casa. Finalmente sé las razones fundadas de los efectos que en mí tiene Clandestino : es auténtico. En su ingenua sencillez, repleta de acordes repetidos hasta la familiaridad, letras-denuncias y citas robadas, el espíritu del pobre está. Poemas al no ser/no estar, la emigración, el frío sin café, las mañanas sin tortillas, la sal, hacen que uno se sienta abrigado por la comprensión y la esteticidad que logró la miseria. Pero también se encuentra —y por eso no es un berrinche de tontos el disco— la todopoderosa esperanza. Y está justo en la próxima estación.
*imagen:coveralia

7 comentarios:

Ana (...) dijo...

Te agradezco este paseo por las letras de ese disco que de una forma u otra llevo conmigo a veces. Lo que me produce verdadera tristeza respecto a esto es que con frecuencia se tararean y se cantan sin pararse a pensar lo que se está escuchando; a muchos nos llega ya enfrascadito, meticulosamente preparado para no tener que pensar y es todo una lástima porque muchas veces es lo que acabamos haciendo, no pensar...

Por otro lado (justo en el lado contrario a ManuChao seguramente) se encontraría pongamos que gloria estefan que repartió al mundo un "cuba libre" asquerosamente hipócrita en su mensaje pero meticulosamente y gratamente editado y remasterizado...

Me llevo esta vez una sensación poco agradable de tu casa, algo así como rabia, pero fíjate si me hiciste pensar...Gracias.

Julio Roberto Prado dijo...

Ana: siento lo de la rabia. Son cosas que salen así, nada más, en semanas en las que he estado solo y explorando de nuevo ese terreno que me ha resultado siempre familiar, mi depresión. Espero que sanes pronto, porque yo me libro de las cosas escribiendo.

Cecilia dijo...

Hasta ahora no he oído a Manu Chao. Mira tu ya tengo un motivo para hacerlo.
Muy intenso tu escrito.

Julio Roberto Prado dijo...

especialmente ese disco. Los otros son buenos pero no son notables.

Ana (...) dijo...

Bueno pues "sin pelos en la lengua" he de decirte que no estoy de acuerdo, Próxima Estación... también me resulta cojonudo.
Vuelvo a ver qué aprendía esta vez y ya veo que te desquitas escribiendo, te envidio, a mi eso solo me funcionó un tiempo, hay otras veces que no consigo escupir ni la sensación siquiera. Buenas tardes.

Renata dijo...

Y la Radiolina?

Julio Roberto Prado dijo...

Bienvenida Renata. La radiolina, mucho más que hablar de ella, tengo que escucharla. Por el momento.