29.9.07

wrongdoer


Yo también fui como ellos, pero supe diferenciarme. Estos imbéciles piensan que por ser jefe de sección las cosas fueron siempre fáciles para mí. Crecí con dos poetas de la escatología y la violencia como padres, a los que no extrañé nunca. Y fue así desde el día en que, teniendo catorce años, decidí largarme de su casa. No, a ellos jamás los extrañé, sólo extrañé al perro, flaco, de color pardo estándar, mendigando alrededor de la mesa, echado en la puerta, sin más, deprimido. Si mis hermanos y yo fuimos víctimas inocentes de los arrebatos encolerizados de mi padre, el perro lo fue aún más. Porque era un animal y esa condición justificaba cualquier acción suya. Pero a mi padre el estado de gracia le resultaba ajeno y lo mató a patadas. Luego nos lanzó el cadáver encima, a mis hermanos y a mí, para que lo tiráramos en la basura. Para mi padre eso éramos todos en casa. Nosotros lo metimos en una bolsa plástica desgastada que no contuvo toda la sangre. Éramos unos niños, a penas. Eso no lo sabe Martita, por ejemplo, que mientras hago la supervisión se ríe. Pero tampoco sabe que en mis manos llevo una queja que llegó a gerencia en su contra. Me acerco a Martita, continúa ríendo, salivando, irguiéndose orgullosa. Le leo el papel, es el primer aviso, al segundo se le despide, entiende. Martita se caga del miedo, toda ella lo demuestra, sus ojos se tratan de esconderse tras sus gafas baratas, con lentes fotogray, mientras sus manos, ah sí, las manos de Martita tiemblan y se tratan de consolar mutuamente acariciándose, pero sé que te estás muriendo Marta y agachas la cabeza porque si te despido no vas a poder mantener a tus tres hijos, esos bastardos a los que mantienes con hambre y sin educación formal. Pero te disculpas Martita y siento lástima, pena y asco. Miro tus ojos y recuerdo al perro, mientras mi padre le caía a patadas, y cómo sumiso se dejaba inmolar. Bestia estúpida, al fin animal, Martita, me das más lástima y también tus hijos con hambre y sin estudio, tu familia miserable, tu pelo engominado cortado por tus manos. Tus acreedores Martita, llegarán sin embargo cada mes a buscar el sueldo que ya no tienes; tú lo sábes y te derrumbas Martita como el perro ante mi padre, y yo te meteré en una bolsa plástica y tiraré tu cadáver a la basura. Pero yo sé diferenciarme Martita y te perdono, esta vez, porque por una sola vez yo quisiera que mi perro viviera y sentir su aliento caliente en mi cara, ver su cola ondeando de un lado a otro, su animal sumisión. Así que te dejo ir, Martita, mientras rompo la nota, miserable perra.






2 comentarios:

SiDeRaL dijo...

Me gustan tus historias y aunque todas son diferentes, tienen algo en común: lo mantienen a uno pendiente de la trama y tratando de imaginar cuál será el desenlace...Aunque a veces es inevitable también preguntarse si el autor se identificará con el relato de alguna manera ¿? Continuaré leyéndote, y gracias de nuevo por visitarme.

Julio Roberto Prado dijo...

pues no con este, al menos. se me ocurrió cuando hacía cola para pagar en una caja registradora. Frente a mí, la gerente del departamento de niños (??) reprendió a una empleada de tal forma que la humilló. Me sentí mal. Tenía que verbalizarlo. Tiendo a identificarme con la parte que menos posibilidades tiene de ganar.