24.9.07

la eterna agonía de dos vidas paralelas


La despedida de la tarde no perdonaba a ninguno y mientras yo decidía entre calcetines negros o cafés en una tienda por departamentos, no me percaté de la noche. Salí de la tienda con los calcetines envueltos en una bolsa de plástico, dispuesto a estrenarlos lo más pronto posible. Aquello me dio tanta ilusión que a la vez me dio tristeza: mi vida como un soberbio monumento a la rutina. Quise largarme de allí al instante, saberme seguro en casa, con el poder que te ofrece el control remoto de la tele. Saqué del bolsillo de mi saco a mi dedo índice de perdedor, gordito y sin vellos y llamé al ascensor. Dos minutos después, cuando la puertas apenas insinuaban su apertura, las dieciocho personas que lo esperábamos nos aglutinamos en la entrada, queriéndonos despojar entre sí de un espacio en el aparato. De entre la ciega rabia de la multitud, saliste tú y me sentí contento, inmensamente feliz. Pero no feliz como cuando uno escarba en el bolsillo de ese pantalón relegado y dentro encuentra un hermoso billete que se ahorró en el olvido. No, no me sentí así de feliz. Me sentí tan feliz como cuando alguien en medio de la tormenta te ofrece espacio bajo su paraguas y luego una taza de té con dos de azúcar y una pizca de leche. Y las pastas, las pastitas. Tan contento como cuando dios te invita a fumarte un cigarro en una noche de frío. Así de inmenso sentía, así de pesado, que sólo pude permanecer estático mientras tú te perdías entre los pasillos atiborrados de zapatos de tacón bajo y cadenitas de oro chapeado. Y mientras era introducido a empellones al ascensor supe que tenía que regresar a casa sin saber más de ti. Ese día, al entrar a la sala, prendí la radio con el volumen bajo para no despetar a los gatos. Y me estrené los malditos calcetines.

3 comentarios:

Ana (...) dijo...

No sé si ella lo leerá pero aquí llego yo con el mismo nombre... :-)

Anduviste por mi casa, me alegro que lo que encontraras no te fuese indiferente. Me gusta tu forma de expresar, ya regreso a leerte. Salu2.

Animal de Fondo dijo...

Era un tema muy difícil y me parece espléndidamente resuelto; hasta la etiqueta me gustó. Ahí está la condesa húngara que A.G. cuenta -y se ve que es mentira- que vio un día sentada en un autobús, ahí está sobre todo esa que todos hemos sabido siempre era la mujer de nuestra vida -y afortunadamente era mentira también, no lo era- y perdimos en un atasco. En definiva, está "La autopista del Sur", solamente que con menos palabras.
Qué más decir.

Prado dijo...

gracias? gracias!