27.5.12

Frontera

Nos detuvimos a dos kilómetros de la frontera. Había una fonda bastante miserable, llena de hombres que trabajaban en los infinitos cultivos de tabaco. Los tipos bebían vasos de ron barato con coca que les servía la dueña de la fonda, una mujer robusta que sudaba profusamente.
Kathia compró unas botellas de agua. Yo pedí unas latas de cerveza y me las dieron heladas. Pagamos y nos fuimos al auto. 
Sobre la carretera, Kathia miraba por la ventana, mientras escuchaba música en su Ipod. Esta gente apesta, en verdad huelen muy mal, dijo, mientras dejábamos a un lado un grupo de hombres  que transitaban por los pasillos de la cosecha, bajo el sol inclemente. 
Me mantuve en silencio, conduciendo. Kathia cerró los ojos y trató de dormir. Le subí al aire acondicionado. Desde acá Kathia parecía bastante elegante y apacible. Pero había algo en ella que me perturbaba. Quizá sea la manera tan severa en que se refirió a aquellas personas. 
Digamos que para ella, la gente no debería oler  a gente sino a perfumes. Y como perfumes, su idea de olor, es que todos deberíamos oler a sándalo, rosas, ciprés, conchas de mar o brisa de París. Pero a Kathia también eso le parece detestable. Es una de esas chicas que nunca se encuentra a gusto con nada. Así que creo que en realidad, Kathia se odia a si misma y a la humanidad. Por eso oler a humano le parece tan detestable. 
Ahora hace falta que deduzca por qué me odiará a mí. 

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