8.8.11

Mudanza


Mi madre y yo cenábamos una pasta. Como siempre, hablábamos poco, más bien nos dedicábamos a hacer anotaciones puntuales sobre la casa, la familia y esas cosas que uno habla cuando se reúne con su madre una vez por semana.
Era mi turno de hacerle saber las novedades. Le di la noticia y de inmediato dejó caer sus cubiertos sobre la mesa. Se limpió la boca con la larga servilleta blanca que guardaba sobre sus piernas y me miró. Alzó la mano y me mostró la palma abierta. Cinco dedos largos y delgados, erguidos mientras ella me decía: cinco veces, Julio. Llevás cinco mudanzas en cinco años.
Digamos que quizá lleve más, pero mi madre, afortunadamente, ha olvidado las otras. Han sido demasiado fugaces para que las recuerde. En todo caso, se le dificulta el recordar dónde ha vivido su hijo los últimos siete años, dado que nunca me visita. Por fortuna, claro.
Por ejemplo: en los últimos tres años mi madre sólo me visitó una vez; hacían trabajos en la red de distribución de agua de su colonia; es decir, llegó para usar el baño.
Finalmente, mi madre continuó con la cena y bueno, yo me quedé pensando de todas maneras en mis mudanzas. Sí, han sido bastantes, consecutivas y determinantes.
El último año y medio por ejemplo, lo pasé en un departamento bastante extraño. Quizá el sitio más raro en el que he estado. Una caza vieja, llena de incongruencias que a lo mejor algún día me atrevo a contar con detalle. Pero este no es el momento: quiero hablar sobre mis mudanzas.
Los últimos tres años, debo ser honesto, los pasé en sitios horrendos. Volví al barrio duro donde crecí y bueno, pensé que se me facilitaría escribir. Pero no fue así. Descargas de disparos a cada instante, sirenas a los doce minutos exactos, vecinos peleando entre sí, vecinos disparando contra el portón, vecinos peleándose con amigos dejando manchas de sangre en las gradas, pájaros que quedaban atrapados en el patio, una cancha de fútbol con infinito polvo, una iglesia que sonaba las campanas de madrugada. Mierda.
Fue como querer escribir sobre el mar y hacer que me tragase una ballena. Y lo único que tenía, era el mundo a través de la escotadura, como si fuese una proyección dentro de una caja negra, una de sombras y luces malformadas. Es decir, no escribí ni un folio. A lo sumo, dos o tres textos decentes y lo demás todo desechable. Pero lo entiendo: la mitad del tiempo la pasaba tratando de mantenerme a salvo de la mierda y la otra mitad la pasaba fuera de ahí, huyendo.  Así que hice lo que debía hacer: que me escupiera la ballena.
Era martes, lo recuerdo bien, cuando se me ocurrió volver a un sitio querido. Hace siete años, había vivido en un edificio de apartamentos al norte de la ciudad. Lleno de árboles, de pájaros, de parques y avenidas transitables en extensas caminatas que siempre terminan en un bosque que aún permanece insondable. Una cápsula de tiempo. Y como si se tratase de una revelación, lo acordé: me mudaba otra vez.
No acostumbro tener muchas cosas y si las tengo, las tiro. Tener equipaje ligero siempre, esa es la regla dura. Un día volví al edificio, me topé con el mismo administrador de hace siete años y tres días después estaba pasándome allí, un domingo caluroso en el que todos se hipnoptizaban con el fútbol.
Hay muchas cosas que disfruto del lugar. Vivo en un cuarto nivel y tengo un apartamento cómodo. Tengo cuatro habitaciones, vacías por el momento. No tengo muebles. Los perdí en las mudanzas. Pero tengo lo básico: un puño de ideas para llenar todos los sitios.
Ahora mismo mis libros están en cajas y poco a poco van llenando las libreras y otros, seguirán esperando tener dónde colocarse. Para no perder la costumbre, dejé algunas cosas olvidadas en el otro sitio. Pero da igual: toda mudanza me recuerda un poco a la muerte, donde nada llevaré.
Llevo una semana en este sitio y me siento fenomenal. Despierto temprano a mirar cómo la bruma se come las casas vecinas en el cerro de al lado, con los árboles con poco follaje extendiendo sus ramas como si fuese una ilustración de tinta sobre papel.
Mi habitación tiene doble altura y el techo de madera. Cuando amanece y miro todo el panorama, me siento como viviendo lejos. No sólo en espacio, también en tiempo.
Los edificios tienen ese estilo arquitectónico del principio de la década de los ochenta. Colores ocre, trazos rectos, jardines que abarcan y abrazan. La gente que vive acá los ha decorado acorde a ello.
Quizá lo cómodo del lugar es que me recuerda por mucho a las fotografías que vi en las revistas de mi niñez. Es decir: vivo en uno de esos sueños idílicos de hace treinta años. Y me va bien, de maravilla.
Ahora mismo recuerdo que hace siete años, cuando viví en un apartamento del segundo nivel, me topé con gente interesante. Quizá la más era una chica que se mantenía en un parque o caminando por ahí. Alguna vez la vi tocando la guitarra y le puse atención. Me parecía guapa, está claro, pero había algo de más. 
Una tarde me la topé y la encontré inmensamente triste y quise hacer algo más que continuar caminando como si nada pasara. Pero no pude. No la volví a ver; pero cada vez que paso por el parque pienso en ella.
Pienso en muchas cosas la verdad y sobre todo siento. Esta vez, sé que volví por motivos trascendentales. Ya no soy el mismo que estuvo acá hace siete años. Ahora soy otro y me alegra. Estoy muy feliz y no me avergüenza.
Ya la felicidad no me parece un arrebato de tontos,  sino un río ancho y manso, corriendo en toda su hondura hacia el mar. Y es del mar que quiero escribir. Así que heme aquí, cómodo, desde mi estudio, pensando que mi vida de nómada no tiene otra explicación que mi propia brújula: este corazón que llevo en la mano.

12 comentarios:

Ana González Ewens dijo...

Hoy me llenaste de paz con ésto.....se siente la quietud que dan las recientes mudanzas....que te dure mucho.

Lucha dijo...

Lindo texto, amigo... ya estoy imaginando las fiestas desde tu apto. Jeje. invita pues.

Prado dijo...

Serán bienvenidas las amistades siempre. Un abrazo a ambas.

Enrique dijo...

"[T]oda mudanza me recuerda un poco a la muerte"

Lo mismo sentía yo cada vez que me mudaba. Y cada lugar nuevo era como el comienzo de una nueva vida. Una forma de realizar la fantasía de morir y recordar la experiencia.

¡Que tu nueva vida sea próspera!

Mishu dijo...

"Tener equipaje ligero siempre, esa es la regla dura."

Esa parte de tu relato me recordó a "Los dinosaurios":

"Si los pesados, mi amor, llevan todo ese montón
de equipaje en la mano, oh! mi amor yo quiero estar liviano. Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada"

Y es cierto, lo mejor es viajar de ligero equipaje para poder recibir con brazos abiertos las cosas nuevas que el cambio trae. Que disfrutes esta nueva etapa :)

quimeras dijo...

Yo en mi vida me he mudado 3 veces en 7 años, cuando decidí salir de casa (a 2 mil km de distancia) para hacer algo por mí misma, cuando dejé el primer departamento que compartía con una familia disfuncional donde había violencia y estaba a punto de meterme en líos tratando de salvar a alguien, y cuando dejé el departamento siguiente por la casa que compré... leia el relato y me preocupaba cómo podías con el estrés que conlleva mudarse, hasta que llegué a lo de equipaje ligero, qué difícil regla... yo ahora amo mi casa, la ciudad, el mar... pero anhelo tanto tener cerca a la familia, que estoy pensando en mudarme de nuevo, sólo que a mí, me pesa bastante el equipaje, no debería, lo sé, pero me pesa...
Siempre es un placer leerte.

David Lepe dijo...

nítido man

Pedro Martínez dijo...

Que te aproveche, Julio. Un abrazo.

Eduardo Rubio dijo...

Bueno vos, muy bueno. ¡A donde vaya siempre he de ir ligero!

۞ lu ۞ dijo...

ese corazon ke te lleva a ti :)

Issa dijo...

Como siempre querido Prado tus textos me llegan a lo más profundo...

Que nunca te falte lo básico: un puño de ideas para llenar todos los sitios y la imaginación!


Abrazo!

Fabrizio Rivera dijo...

Estimado Dr. Pradowsky: nitido y claro relato. Las mudanzas ayudan a reevaluar lo que en verdad necesitamos llevar o no. Yo me he mudado tambien varias veces en mi vida... y al igual que vos, me gusta el lugarcito donde vivo hoy.

(aunque siempre pienso en regresar a vivir a aquella ciudad que solo la recuerdo por las noches)