16.8.11

Cubículo 2

Quizá era la forma en que untaba la mantequilla en el pan. Grandes trozos amarillos deslizándose con el cuchillo, dejando a su paso enormes capas de grasa que hacían brillar la rebanada  tostada. 
Quizá fue eso lo que me hizo dudar de él. No había ninguna congruencia entre  su discurso, depurado, mesurado, casi el de un monje tibetano y su porcina forma de comer. 
Lo miraba llenarse la boca de migas y aceite; y no podía hacer otra cosa más que esperar a que terminara de hablar. Fingir que le ponía atención y contestar como si fuera un autómata. Debía en todo caso, disfrazar las enormes ganas que me nacían de ensartar su cara contra el plato y  destrozarle el cráneo con la taza de café. 
Pensé en los griegos. Pero no en las estatuas decapitadas. 
Imaginé qué harían ellos con un tipo como éste: un displicente órgano de la pereza. Lo tirarían al mar desde el despeñadero, seguro. Su cuerpo caería por los acantilados. Con suerte su cabeza chocaría contra una afilada roca y moriría antes de caer al agua. Al menos no moriría ahogado. 
Se lo comerían las aves. Alimentaría toda una parvada de gaviotas, de pelícanos. Bancos de peces mordisquearían los trozos. ¡Ah! los griegos sabían qué hacer. 
Nosotros no. Nos viene bien aguantar tipos como este, maquinando acerca de cómo hacerse más rico, con menos esfuerzo y con mucho más poder. Sí, eso era. Detrás de toda esta fachada de asco, el tipo lo que ansiaba era el poder. Imaginármelo dirigiendo la vida de otros de su especie me perturba. Era dirigir todas las marchas al precipicio.
La mesera se llevó los platos. Preguntó  si algo había estado mal con mi comida, porque estaba intacta. No respondí. Sólo miré a mi interlocutor escudriñar la carta de los postres. 
Pedí un ristreto. Quería inyectármelo. A veces me siento como un arma cargada y creo que el Diablo tiene el dedo en el gatillo. A veces me siento peligroso como una noche en prisión, en la barraca de las maras. A veces me prendo en llamas. 
La noche me esperaba afuera. Me lo recordó el niño que tocó la vidriera del restaurante, mostrándome su mano vacía, esperando que la llenara con monedas. 
Pedimos la cuenta. Imaginé que fuera estaban los leones esperándolo. Que yo sería testigo del espectáculo de la naturaleza. Pero afuera no había nada más que autos a toda marcha y prostitutas en la esquina. Luces titilantes de neón; pero nada parecido a un enorme felino esperando devorar a un jabalí. 
Nos despedimos. Lo volví a ver en la oficina, como era usual. Pero el tipo se traía algo, yo lo sabía. Se lo dije a todos, una semana después cuando lo detuvieron. 
Un vecino lo denunció por tener un perro que chillaba toda la noche. La policía llegó y entró a su casa. Encontraron un arsenal. 
Nadie lo extrañó demasiado. Vaciaron su cubículo lo más pronto que pudieron. Una chica lo suplió en el puesto. Casi no pienso en él. Pero a veces aparecen manchas de dedos grasosos en el escritorio y no son míos.