14.7.10

Viena Capítulo III: Las ratas en Viena.






Nicole propuso el restaurante. Nos dieron un mapa del centro. Era divertido: los nombres de las calles eran inmensos. Mi hotel estaba en el Alto Danubio, cerca del Centro Internacional de Viena y el sitio donde comeríamos, en el centro. A unos quince minutos viajando en el U-Bahn, el metro de Viena. Fui a la habitación del hotel. Me quité el saco y la corbata para salir. Caminé sobre el puente y me topé con varios deportistas. Eran alrededor de las siete de la noche. Subí a la estación del Alte Danou y tomé el metro hacia la Stephanplatz.

En el U-Bahn confían en el usuario: uno compra su boleto y uno tan sólo debe validarlo sin que esto impida el ingreso. Nadie pide el boleto. Ellos confían en que uno pague. Si te pillan viajando de gratis te cobran setenta euros, me dijo alguien en el evento. Yo no quise probar. Aunque debo confesar que las primeras veces, me sentí como un tonto pagando por un boleto cuando jamás vi a nadie hacerlo. Pero cuando confían en mí me joden porque yo me siento como una rata si fallo.

Yo suelo ser una rata; pero no en Viena.

Al llegar a la estación de la Stephanplatz me bajé del vagón. Toda Viena es pulcra. El metro tiene los vagones mejor pintados que he visto en mi vida. Y hay mucho silencio en él. Es difícil incluso, llegar a escuchar al tren transitando por las vías.

Las estaciones están igual de cuidadas. Los austriacos respetan el silencio del otro. Nadie grita, a excepción de los extranjeros que se pasean como lunares ruidosos cuando hablan por el móvil.

Una amiga vivió un año en Viena. Es española. Me lo advirtió: esa ciudad es tan calmada que cuando uno lleva tiempo ahí, se da cuenta que se ha ido apagando. Es verdad: uno se mimetiza con las ciudades. Hay un espíritu en ellas que te doma, quieras o no.

Encontré unas escaleras eléctricas y las tomé. Al subir, me encontré en medio de la plaza de San Esteban. Había mucha gente y poco ruido. Tomé unas fotos a la iglesia. Hacía un clima agradable. Las calles tenían un viento frío recorriéndolas, pero era tan cómodo caminar sobre ellas que rápido lo olvidabas.

Examiné el mapa y traté de ubicarme. El centro de Viena es como una telaraña y huele a embutido. El sinnúmero de iglesias católicas te recuerdan el pasado y el presente de Austria: la mitad de la gente es católica, según mi breve investigación previa. Los templos son góticos, la mayoría. Gárgolas, piedra, madera. Una iglesia incendiada. Cualquier idioma menos el español. Uno camina por las calles del centro, con total libertad, absolutamente desconectado de América.

Las tiendas son pequeñas, pintorescas más bien bohemias. No hay molls. Cierran a las seis los negocios, en su mayoría, a excepción de los restaurantes, que tienen mesas sobre las calles peatonales. La gente habla moderadamente. Toman cerveza, comen cosas empanizadas. Los músicos toman las esquinas y los hombres como yo las bancas cercanas para leer un libro y mirar de reojo a la gente que pasa.

Pero iba a cenar, no podía ser ese día. Así que crucé en el callejón que indicaba el mapa. Un tipo vestido con el traje tirolés daba volantes impresos del restaurante a donde iba. Le pregunté hacia dónde dirigirme y me señaló el fondo del callejón, “Alley” en inglés. Recuerdo cómo agregué esa palabra a mi vocabulario, fue con una canción de Bob Dylan.

Llegué al restaurante. Era de techo bajo, decorado con muchísima madera y una luz tenue. Olía a cerveza y a vino. Depende en qué esquina estuvieras. Mis colegas ya habían tomado una mesa. La mesera era una chica amable con una sonrisa enorme. Me explicó que era cada plato porque el menú estaba en alemán. Le tomé la palabra y ordené la especialidad de la casa: las chuletas. Me llevaron la cerveza antes y brindamos.

Cuando sirvieron la comida tuve frente a mí la chuleta más grande que había visto. Empanizada y a su lado, un plato pequeño con papas. Todo lo ponen así: con esos tubérculos.

En ese plato resumí el carácter de Viena hasta el momento: nada ostentoso, quizá un poco simple sí, pero definitivamente bien elaborado. Venga, es cerdo y cerveza, cualquier persona que coma eso debe ser buena.

Tomé un par de cervezas más y al salir de ahí busqué otra estación del metro. Me despedí del grupo y paré a las orillas del Danubio interno. Era un poco oscuro. Había mucho silencio, nada de tráfico. Muy poca gente caminando por las calles. Me paseé alrededor del conjunto de los palacios imperiales. Hasta salir completamente de ellos y llegar a una calle con apartamentos pequeños y pobres. Luego seguí caminando, sin exactamente saber a dónde iba.

Suelo hacer eso durante los viajes. La mejor forma de conocer es el azar. Uno no decide sino la ciudad. Y voy donde quiera no donde las guías dicen. Me topé con unas librerías. Estaban cerradas por supuesto, era como la una de la mañana. Juré volver al otro día, pero no pude.

Esa noche tomé el metro frente a un hotel. En el Stadpark. Es la estación de metro más hermosa que he visto. Parecía que hubiese sido construida en el viejo oeste americano, e introducida en un glorioso parque renacentista. Vaya.

Dos muchachas hablaban del otro lado de las vías. A mi lado también habían dos mujeres: una oriental y una árabe. Me puse los audífonos. Llevaba una selección de Arias y piezas de Mozart. Había algo de Strauss también. Quería contextualizar la música. Elegí una de las Arias.

La soprano empezó a cantar. El tren apareció a tiempo, como siempre. Entré al vagón, tomé asiento y de lejos pude ver cómo la ciudad se perdía en la oscuridad de los túneles.


8 comentarios:

Fabrizio Rivera dijo...

Que buen capitulo!

yo no puedo ser tan valiente, no puedo salir a caminar en la cuidad sin sabaer a donde, no puedo. cobarde.

Pero en todo caso conoci Viena gracias al capitulo III, yo llevo algunos dias en esta nueva ciudad, una ciudad gringa de muchos simbolos por todos lados.

Un abrazo Maestro Prado!

Silvia Fortin dijo...

esa tranquilidad mística de Viena se lee en tus líneas, que cosa tan genial la ambientación de la música mientras recorrias sus calles... me la imagino, me gusta! saludos!

Prado dijo...

Más que valiente, soy irresponsable, Fabrizio. Ya esperaremos saber de tu ciudad visitada. Un abrazo.

Me alegra Silvia, un abrazo enorme, poeta.

Miss Trudy dijo...

Yo quiero ir a un parque renacentista!!!!

Andrea Grimaldi dijo...

El truco es: tomar una tarjetita del hotel, para tomar un taxi por si te perdés. De ahí, que la ciudad decida, como bien decís.

Ya quiero otro capítulo :D

Pirata Cojo dijo...

Vos, juraría que dejé un comentario en el tema anterior, alguna jugarreta del blogspot, se ve que te disfrutaste el viaje, maravilloso oir de ciudades menos salvajes que las nuestras y mejor aún escuchando arias de Mozart.
Capítulo aparte María Antonieta de Habsburgo, buena lica y excelente música.
Abrazos

Anónimo dijo...

Viajando tu. Felicidades, qué más decir si lo que comente son para los ojos ciegos ( tendencia en la descripción que lo delata)
Saludos desde el Puerto, Leyla

Engler dijo...

Escuchando atentamente a Payeras y luego de terminar de leer a Satanás cerca de la medianoche y aún pensando en lo que dijo Payeras, me pregunto si realmente tengo algo que comentar...