22.8.07

dios bendice al dador alegre


Cuando estoy en la oficina y me siento un desgraciado, siempre pienso en Selvin. Tiene cuatro hijos, una esposa importada de Senegal o algo así, menos de la mitad de mi sueldo, de mi inteligencia, de mi gracia, es decir, esta jodido, Selvin, es un necesitado. El otro día, por ejemplo, yo fui a divertirme a una linda fiesta, donde encontre gente muy amigable, que me ama sin motivo, como la mayoría de la gente. Selvin, mientras tanto, estaría cambiando el aceite de algún carro, para ajustar con su sueldo, el ridículo presupuesto con el que mantiene a su familia. Yo, por mi parte, tomé una decisión importantísima: largarme de una vez por todas de aquella estúpida fiesta, y huir de la peste de la idiotez que había infectado a todos por allí. Así que tomé mis cosas y me fui; decidido a no volver, a menos que una catástrofe natural me lo impidiera. Sin embargo, detuve mi escape porque una amiga salió a darme una chumpa que había olvidado. Yo no llevaba ninguna chumpa, así que cuando la revisé sólo para saber de quién putas era la bendita chumpa, me di cuenta, por el rótulo que distingue a un colegio de curas, que era de alguno de los idiotas que estaban sentados a la par mía en la fiestecita. Pero, como todos me caían un poquito mal, decidí llevármela, nomás porque ni un favor se merecían, los estultos. Así que metí al carro mi nueva pertenencia, lo encendí y por souvenir, dejé una espesa nube de humo blanco para que no me olvidaran fácil. Al otro día, estaba en la oficina, porque era lunes y porque no tenía más excusas médicas que presentar; y, mientras me servía café con sabor a tabaco, vi a Selvin con su escuálida figura, y sus ojos saltones, preguntarme acerca de mi fin de semana. Para evitar la tediosa conversación que se me venía encima con Selvin (es decir, la lista de quejas acerca de su propia pobreza) le dije que le regalaba una chumpa; de puro cuero, lo único es que decía Gabriel y Liceo Javier. No pareció importarle el detalle, sino todo lo contrario: la felicidad le había estallado cual bomba en la cara, a Selvin, y le había provocado una sonrisa de oreja a oreja, mientras revisaba la chumpa y se la tallaba: le quedaba bien. Pasaron tres meses después de mi regalo y Selvin, parecía seguir dándole uso. No se quitaba la chumpa ni un sólo día. Hasta que sobrevino la catástrofe: un viernes, vi a Selvin, sin la chumpa, con la figura escuálida puesta de nuevo. Cuando le pregunté qué había hecho con la chumpa, me dijo que anoche, mientras estaba en la Universidad (porque Selvin también estudiaba profesorado en enseñanza media en Filosofía en la USAC, a pesar del asombro general), se le había acercado un tipo preguntádole por la chumpa, diciéndole que era de él. Entonces, Selvin, animal domesticado, le dio la chumpa. Y Selvin, más triste que hace unos meses, siguió sacándome las fotocopias de un manual de 583 páginas de lado y lado y yo me fui a sentar a mi escritorio. Y mientras me terminaba aquella taza de café con sabor a infusión de cigarros Casino, el más suave y sabroso, pensé que alguna gente, además de estúpida, no tiene suerte.

*nota aclaratoria para los no guatemaltecos: chumpa: chamarra, sudadera, chaqueta.

2 comentarios:

FMESMENOTA dijo...

Increíble: usted hace literatura con todo lo que toca: envidiole.

Anónimo dijo...

AYUDA AL NESECITADO Y SERAS BENDITO POR SIEMPRE AMIGO