el ocio.
Salí del primer bar, manejé diez minutos y llegué al siguiente. Al subir por las gradas de la entrada, escuché la música. Era un salón grande, sin más iluminación que la de los focos de la calle. Dentro, la gente bailaba. Pedí una cerveza. Un tipo dormía totalmente borracho al lado de dos tarros de gelatina. Luego fui al balcón, que carece de baranda; es más bien una marquesina. Me paré fuera y vi los edificios de al lado. Algunos tenían luces encendidas y era como si desde el bar viera mi casa. Me pareció aburrido y volví a entrar. Un amigo se me acercó y me pidió que lo siguiera. Decía que me enseñaría algo. Fui y tomó la gelatina con las manos. Me la embarró en el pelo, diciendo: gelatina! Un hombre delgado se acercó y empezó a increparle, diciéndole que la gelatina formaba parte de una instalación artística. Me lavé la maldita gelatina en el baño. Seguí bebiendo y bailando canciones de Michael Jackson hasta que llegó Luis. Hablamos fuera en el balcón. Mujeres hermosas bailaban dentro junto a un vagabundo que fumaba mariguana. El vago se meneaba como en los vídeos del youtube que gente ociosa me envía por mail. El ocio es implacable. Sólo eso explica por qué estaba ahí a las doce cuarenta y tres de la noche. La música se apagó a la media hora y alguien tomó un acordeón y empezó a tocar. La gente se acercó haciendo un círculo a su alrededor. Aplaudían como si estuviesen frente a una torta de cumpleaños. Un par de mujeres en minifaldas se hacían fotografiar junto al borracho que seguía tirado al lado de la puta gelatina artística. Un travesti entró al sitio. Era una guapa mujer-hombre. Con las piernas largas y cada detalle cuidado con esmero. Los zapatos, las medias, la falda, la blusa. Un metro noventa de pura hermosura gay, bailando al ritmo del acordeón. No me di cuenta de cuándo pero empecé a aplaudir. Luego, bailando terminé al lado del borracho. Se vomitaba. Otro tipo y yo lo intentamos levantar para que no se ahogara con su vómito. Le reconocí: era un escritor. Sabía su nombre y lo llamé por él, para intentar que reaccionara. Lo cargamos al baño, entre Luis, el tipo y yo. Lo sentamos sobre el retrete y le tiramos agua a la cara. Reaccionó. Luego se echó a dormir, recostado sobre más gelatina verde. Salí del baño, el bar cerraba. Eran las dos con cinco de la mañana. Bajé las gradas, tomé el auto y me fui a casa. Con la ferviente intención de abrir otra cerveza. Estas noches no se mueren, haga lo que haga. Estoy vivo; salud!
Comentarios
Un beso, Prado!
Beso!
Hubiese sido genial encontrarnos Sr. H. Otra vez será, supongo. Saludos.
Que no muera, un beso ADOLDX