3.8.14

Metamorfosis. Texto incluído en el Catálogo de la 19 Bienal de Arte Paiz.

¿En quién piensan los presos el día de San Valentín?¿En quién los guardias?¿Colgamos corazones entre los barrotes? Preguntás, y te imagino esbozando una sonrisa, entre la voz distante del auricular del teléfono público de la penitenciaría.

No sé en qué piensen los otros, cariño; pero yo pienso en vos. Acá no hay corazones adornando los barrotes, pero sí chocolates en las tiendas de los internos, al doble del precio.

Hay visitas conyugales en colchones desgastados iluminados por bombillos desnudos. Hay un convivio en el taller mecánico, donde cada uno llevó lo poco que podía para comer y pusimos música en un estéreo sonando con tos.

Pienso en vos, ya te lo he dicho, como cada día que he estado acá. Y aunque no me lo creás, aún me vuelve loco pensar que ahora que cuelgue vas a irte por ahí a ser feliz sin mí, con otros. Pero así son las cosas, guapa, todo salió mal, todo explotó.

Me faltan cuatro años para salir, de los diez que me dieron. Voy a tener cuarenta y siete y vos vas a estar siempre joven como cuando te dejé de ver, ¿hace cuánto? ¿desde que me detuvieron? ¿tres meses antes, en aquella fiesta? Todo es borroso ahora que ha pasado tanto tiempo.

No te podés imaginar de qué va estar preso. Todos sabían que me darían sentencia: me agarraron con el dinero. Ya pienso cada vez menos en eso; pero no olvido las manos de los policías abriendo la maleta justo donde estaba escondida la plata. No sé si fue una trampa, lo más probable es que sí.

Ya sé que pensás que fui un idiota y que esperabas más de mí. Que jamás pensaste que fuera a dejarme atrapar de esa manera tan estúpida. Pero cariño no te imaginás la que me comería si abro la boca. Prefiero esto. Ya solo me faltan cuatro años. Solo cuatro navidades acá.

Al inicio me costó muchísimo. En el preventivo era muchísimo peor. Sobre todo cuando se enteraron que me arrestaron con aquella grosa cantidad de dinero. Pensaban que tenía más plata guardada. Me tuve que hacer el rudo, cariño. ¿Te imaginás? Yo que jamás ensucié las mangas de una camisa, reventándome a golpes con tres rotos por usar una plancha de cemento para dormir.

Así son las cosas: todos te abandonan cuando vas a la cárcel. Es como si la civilización te diera la espalda y uno en el margen estuviera confinado a las cavernas. Acá todo es salvaje, hay que pelear por cada cosa. Hay que volverse un cavernario para sobrevivir. Hay que construir sobre la sangre.

Ya logré tener una refrigeradora. Es una cosa linda. Ahí guardo las cosas que de vez en cuando me manda mi hermano. La compré con el dinero que me gané por reparar algunas televisiones del jefe del comité de seguridad de los internos. El jefe es un tipo justo, entre lo que se puede aquí dentro. Mantiene el orden.

Nada de lo que pasa aquí es como uno se lo imagina allá afuera. Esto es como si fuera una jaula, donde te meten y vuelven por vos en diez años si es que vivís aún. Adentro no hay guardias, aparecen muy poco, solo cuando hay requisas y te quitan lo poco que has logrado. Nunca tuve nada y ahora temo que me quiten la refrigeradora.

Los guardias son de lo más corrupto. Te dan lo que querés si les llegás al precio. Son de lo más bruto. El otro día entraron con un escándalo a tomar a dos chicos travestis por la fuerza y se los llevaron con el alcaide. El director de presidios dijo que nadie en la cárcel de hombres podía vestir como mujer por razones de seguridad. Resulta peligroso ser mujer o parecerlo.

Es una idiotez: acá todos se visten como se les ronca la gana, no hay uniformes, pero ellos no pueden usar sus vestidos ni sus tacos, que ya de por sí, los pone como un blanco en un campo de tiro. Esos chicos son los punketos , sobreviviendo contra el sistema, inmaculados.

Los tomaron a la fuerza, te digo, los amarraron y les cortaron el pelo. Los raparon. Adiós a las largas melenas. Ahí regresaron con unas playeras que les dieron los guardias de quién sabe quién, llorando. Como pelados recién bautizados en la mara.

Yo hablé con uno de ellos, porque te digo, me caen bien. Quería hacerle saber que estaba ahí como otros. A pesar de todo.  

El chico estaba destruido. Sollozaba diciendo que lo habían mutilado. Que ahora se despertaba y le daba asco verse al espejo, siendo lo que no es.

Sé que jamás ha leído a Kafka pero le hablé del viejo Sampsa y cuando le conté sobre la Metamorfosis me decía “a mí me hubiera gustado leer, pero siempre fui bruta y por eso terminé aquí. Contáme más de ese señor cucaracha…”.

Yo no paraba de contarle mientras sus ojos se abrían maravillados con las historias.

Es lo que te digo: la civilización nos dio la espalda pero a estos chicos les da el culo y les caga encima. Ahora están tramitando que les permitan vestirse como quieran. Es estúpido ¿Te imaginás que nosotros hubiéramos tenido que tramitar un permiso estatal cada vez que decidíamos vestirnos?

Esta es la muestra de lo que la gente que se llama a sí misma buena es capaz de hacer con los que llaman malos. Acá he aprendido más de afuera que en cualquier sitio. Acá todo está más claro: manda el que puede romperte el cráneo con sus manos.

Afuera también. Hace falta convertirse en una bestia con un falo descomunal para mandar. Este es el sistema. Y se rompe en pedazos cada vez que Dolores, el muchacho travesti, con la cabeza gris y los ojos tristes, se pone labial y sonríe mientras le hablo de libros que jamás pudo leer.

En eso pensamos los reos el día de San Valentín.


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