2.7.14

Un treintañero hereda cosas de sus veinte.

Estoy en casa. Me paseo por ella con una ansiedad que me rebalsa. Abro el refrigerador, lo cierro, abro ventanas en la computadora, me cepillo los dientes, cancelo todas las citas que tenía para esta semana.
Estoy a punto de enfrentarme al último monstruo de mi pasado y la batalla me está costando hundirme en un mar de angustia.
Debería de darme alegría cerrar un ciclo. Debería darme una felicidad enorme cortar este lastre. ¿Acaso soy de esos tipos que se someten a sus miedos como yonquis lastimeros?
A veces me doy pena y cuando estoy a punto de sentir lástima por mí, me empujo hacia adelante por vergüenza.
Eso mismo, me da vergüenza estar en esta situación tan fatídica, extenuante, y a la vez inexistente.
Todo es simbólico.
El lastre está en mi cabeza. Como todas las cosas que hieren, nacen adentro.
Pero las voy a arrancar. No puedo dar un paso atrás. Aquí estoy, dispuesto a poner el cuerpo.

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